—¡Qué mala bestia!—repetía Martínez—; cuando se quemó hubieran hecho ustedes muy bien en darla un tiro.
Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva, Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero, bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los clavos: estaban todos.
—Lo que yo dije—exclamó Martínez satisfecho—la coz ha sido dada con la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez.
El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo.
—¿Ven ustedes?—insistió Martínez triunfante—fué con la pata derecha.
Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron partículas de estiércol.
—¡Qué atrocidad!—repetían los médicos—; ¡qué fuerza la de ese animal!...
Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre. Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos los allí presentes un movimiento de asco.
Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le estrechó la mano. Después aludió al cadáver.
—Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea, mejor.