Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla declaración. La mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto, ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo hubiese perdido los sentidos.

Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años? Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle, constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo que más les conviene...

A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los hombros.

—¡Estaba tan hecha á él!—decía—; ¡era tan trabajador, tan bueno!...

Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio, debieron de rodearla.

Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena voluntad. Cuando éstos se cansaban otros les sustituían, pues para tan cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con ello. El Rojo era quien más resistía, y á todos sorprendía su fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes. Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría social de Tomás el respeto debido.

—Buenos días, don Gil.

—Buenos días, Toribio.

Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque rojo.

«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»—pensaba Paredes.