El visitante encuentra al señor X... discreteando amenamente con varios autores: allí están, sentados y formando semicírculo, D. Pedro y don Luis, dramaturgos de altísima y merecida reputación; el señor N..., crítico literario muy estimable; el señor O..., sainetero excelente, Pontífice Máximo de la Risa, y otros escritores de menor historia y cuantía. De pie, y apoyados familiarmente sobre el respaldo de los sillones, algunos comediantes, vestidos ya para salir á escena, escuchan la conversación y celebran sus donaires.

Al aparecer el intruso, todas las miradas refluyen hacia él, y por cada uno de aquellos semblantes burlones y mundanos de «gente de teatro», pasa el mismo pensamiento, la misma expresión de sorpresa irónica: «¡Un autor novel!» Siente el mozo en las mejillas el choque, casi hostil, de tantos ojos curiosos, mas no se desconcierta, y confiado, sereno, con esa serenidad risueña que distingue á los fuertes de voluntad, avanza hacia el grupo:

—¿El señor X...?

—Servidor de usted.

Se levanta despacio, disimulando un gesto de mal humor, y sale al encuentro del visitante.

—Yo soy H... Usted habrá recibido una carta que le anunciaba una visita...

—¡Ah, sí!...

Los dos hombres se dan la mano.

—Pues aquí tiene usted mi comedia. Tres actos. Usted la leerá, ¿no es eso?...

—Sí, sí, señor... ¿por qué no?... Advierto á usted que tengo en ensayo muchas obras. Sin embargo...