—¿Cuándo quiere usted que vuelva por aquí?
—De hoy en un mes.
—Perfectamente. Servidor de usted.
—Beso á usted la mano.
Y transcurre aquel mes y el siguiente, y el señor X... no lee la comedia de H..., tales y tantas son las preocupaciones que le agobian. Pero la espera no debilita las energías del joven autor; al contrario, seguro de vencer, busca recomendaciones, insiste, suplica, porfía, amenaza, y luego, diplomáticamente, se amansa y vuelve á rogar. ¡Cuánta paciencia, cuántos paseos inútiles, cuántas antesalas humillantes le cuesta el pequeñísimo honor de ser leído!
—¿El señor director?
—Acaba de marcharse.
—¡Demonio! ¿A qué hora podré verle?
—Hoy, imposible. Venga usted mañana.
Y al día siguiente: