—¿Está?

—Sí; pero muy ocupado. Pásese usted por aquí más tarde.

Y después:

—¿El señor?...

—Se ha ido enfermo.

—¡Cómo ha de ser! Volveré mañana.

Y la persecución continúa sañuda, implacable, hasta que el señor X..., vencido, obsesionado, lee la comedia.

—Sí—dice,—la obra está bien; pero si quiere usted verla representada en mi teatro, ha de modificarla mucho.

H..., sin vacilar, responde:

—Cuanto sea preciso.