¿Y cómo no, si ve la victoria inmediata, resplandeciente, detrás del estreno?... Lleno de inmensa fe en sí mismo, pone manos diligentes á su labor: pule, corrige, burila, aligera unas escenas, alarga otras, justifica ciertas situaciones, interpola en el papel de la primera actriz varias frases un tanto platerescas y enfáticas, pero que seguramente han de ser aplaudidas..., y con todo ello, ya «bien peinado» y puesto en limpio, vuelve al despacho del señor director.
—Aquí tiene usted mi comedia; ó, mejor dicho, «nuestra comedia».
—Muy bien; la leeré otra vez.
—Y suponiendo que le guste á usted mucho, ¿cuándo podrá representarse?
—La temporada próxima.
¡Un año perdido, ó dos... ó acaso tres!... Bueno, á la juventud, para la que toda la vida es porvenir, el tiempo no le importa.
Estos odiosos trances por que han pasado cuantos escritores llegaron al teatro antes de haber conquistado en el libro ó en la Prensa un nombre respetable, constituyen los prolegómenos—nada más que los prolegómenos—de lo que propiamente podría llamarse «el dolor de estrenar»; Gólgota durísimo, Calvario de ingratitud, al que ningún autor, ni aun los privilegiados, puede estar nunca completamente seguro de haber subido.
Aquella alegría indescriptible, tan vehemente y aguda, que llegaba á ser dolorosa, con que el dramaturgo novel veía acercarse la noche de su primer estreno, es algo precioso que va amortiguándose, por grados insensibles y fatales, en el curso soporífero, interminable, de los ensayos. Todos los días, desde las dos hasta las cinco ó las seis de la tarde, el autor asiste á esa labor lenta, tenaz, puramente mecánica, de los comediantes, que, poco á poco, van asimilándose sus papeles. Desde el primer «ensayo de mesa», hasta que la obra, mal aprendida aún, «baja á la concha», ¡cuántas horas monótonas, cuántas repeticiones, cuántos tanteos baldíos, cuántas energías apagadas en el martirio, sin gritos ni gestos, de la paciencia!...
Al principio, el autor experimenta un placer inefable «en oírse».
«Todo eso, tan bonito y «que suena» tan bien—piensa,—lo he escrito yo...»