—¿Te acuerdas, vida mía, de nuestras primeras emociones?... ¡Ah!... ¿Por qué aquellos días venturosos no duraron siempre?... ¿Por qué no habíamos de vivir tú y yo, eternamentos juntos, según nuestros deseos?... Acércate, Mercedes; más, más... mucho más... que yo te sienta muy cerca de mí...

Ella desfallecía sofocada por el imán de la pasión, por aquel ambiente cálido saturado de perfumes y de olores acres, que atravesaba los cortinajes del antepalco, y por la extraña sensación de vértigo que en su ánimo causaba la lamparilla eléctrica derramando su luz lechosa sobre aquel siniestro rincón tapizado de rojo. De pronto sus nervios vibraron con sacudimiento histérico, recordando aquella alfombra raída, hollada por tantos pies, y aquel diván, innoble como un lecho de mancebía, sobre el cual, acaso, se habrían entregado muchas mujeres.

—¡Ah... me ahogo!—murmuró—¡déjame!...

Se puso de pie. Roberto Alcalá también se levantó.

—¿Cómo?... ¿Dejarte marchar cuando tantos trabajos me costó traerte hasta aquí?...

En su voz, insinuante y acariciadora, había un dejo colérico casi imperceptible, un leve acento duro, metálico, que inútilmente procuraba ocultar.

—Sí, déjame—repuso Mercedes—, tengo miedo de que mi madre nos sorprenda. Vámonos...

—Luego, cuando concluya el primer acto. Ahora no debemos temer ningún peligro, y para mayor seguridad tuya, asómate al palco y mira...

Mercedes entreabrió las cortinas, recibiendo en pleno semblante un bofetón de calor y de escándalo. Allá, muy lejos, entre un plantío de cabezas, vió a su madre, a doña Inés y a Nicasia, que miraban al escenario embobecidas. Después, como obedeciendo la orden de algún poderoso hechicero, hubo un momento de silencio, que precede a los interesantes momentos musicales, y en el espacio vibró la voz del tenor...

Al ver en la inmensa
llanura del mar...