—Roberto...

—¡Querida de mi alma!

El llanto anegaba los ojos de la joven; el actor, idiotizado repentinamente por la inesperada posesión de bien tan cumplido, no podía hablar y continuaba besándola los párpados, en la nuca, detrás de las orejas... hundiendo su rostro entre los cabellos enguedejados y aromosos de la muy Deseada.

Se habían sentado en el diván: ella pensativa, triste, la vista fija en el suelo y las manos cruzadas sobre la falda; él a su lado, muy cerca, rodeándola el talle con un brazo calenturiento que ardía.

—Tantas zozobras, tantas angustias—suspiró Mercedes—, y ¿para qué?... para separarnos dentro de un momento...

—¡Oh, de eso trataremos ahora—repuso el actor con arrebato—, de unir para siempre nuestros destinos!...

Empezó a hablar lentamente y con esa voz insinuante y queda que el espíritu de los artistas elige para sus grandes revelaciones, y alentando sobre el rostro de la Deseada como para aturdirla también con los viciosos cosquilleos de su aliento...

—Por fin estamos juntos y puedo decirte lo que tan guardado traigo en el pecho... lo que jamás hubieran podido decirte mis cartas...

Un dulce quebranto, una laxitud orientalesca iba apoderándose de Mercedes, relajando el vigor de sus músculos y emperezando sus facultades; veía los objetos rodeados de un nimbo neblinoso, los ruidos parecían llegar a su espíritu desde muy lejos, quebrando un ensueño. A su lado la voz de Roberto susurraba blandamente, como un aleteo de mariposa, destacándose del revuelto clamoreo de voces y de músicas que ascendían del escenario con ruidos ensordecedores de tempestad, y de aquel sempiterno murmujeo humano que llenaba la oquedad del teatro con un furioso zumbido de colmena.

Roberto hablaba recorriendo discretamente diversos momentos sentimentales, y lo hacía sin advertirlo, espontáneamente, impulsado por el arrebato de su pasión, que en tales momentos era grande y leal.