Y apartó el lado del cortinaje más inmediato a la pared. Mercedes obedeció.
—¿Ves?—dijo Roberto extendiendo el brazo—allí están.
—¿Dónde?...
—Allí, a la izquierda de la tercera columna, junto al pasillo...
Una multitud compacta invadía el salón: en los anfiteatros había centenares de cabezas que miraban fijamente al escenario. Los ojos de Mercedes iban de un punto a otro buscando vagamente el sitio indicado por el actor, mareados por aquella aglomeración de semblantes desconocidos. Luego ahogó un pequeño grito; acababa de ver...
—Sí, sí—murmuró—, tienes razón...
Allí, en efecto, estaban Balbina Nobos, doña Inés y su hija, embelesadas mirando el espectáculo; por sus labios vagaba una sonrisa de satisfacción y de júbilo, que demostraba cuan grandes eran su tranquilidad y su contento. Hacía calor: un vaho asfixiante formado por la unión de tantas personas respirando a la vez, ascendía del fondo de la sala como un eructo; en los palcos muchas mujeres se abanicaban balanceando suavemente sus abanicos de plumas; en los anfiteatros la muchedumbre ofrecía un aspecto barroco y chillón: sombreros, boinas, toquillas azules, capas con embozos amarillos, blancos y rojos, pañuelos multicolores... todo desordenado y en montón, como las prendas expuestas en el escaparate de un baratillo provinciano. En todas partes resonaban ruidos de pasos y murmullos de conversaciones sostenidas en voz baja, y que llenaban los ámbitos del salón con un amenazador zumbido de enjambre. Los violoncelos lanzaban al espacio sus notas melancólicas, largas y dolientes como gemidos. En el escenario Marina cantaba:
Brilla el mar engalanado
con su manto de bonanza
Dios sus olas ha pintado
del color de la esperanza...
—Ven—dijo Roberto empujando a Mercedes hacia el antepalco—; aprovechemos los instantes... ¡Te quiero mucho!...
De pie, junto al diván hondo y muelle como un lecho de recién casados, los dos amantes se abrazaron estrechamente, uniendo sus rodillas y sus labios.