—Sí, señor; éste es.
Y abrió una puertecilla, que los dos amantes franquearon sin detenerse y que luego el actor cerró por dentro. Mercedes de pronto, sin comprender apenas cómo pudo llegar allí, se encontró en un espacioso antepalco, especie de habitación rectangular, tapizada de rojo, e iluminada por un foco eléctrico. Al frente, separándoles del salón, había un pesado cortinaje de terciopelo, a través del cual penetraban el confuso murmullo de la muchedumbre que invadía el teatro y los acordes de la orquesta, que empezaba a ejecutar los primeros compases de la overtura; todo ello repercutía en los ángulos del antepalco revuelto, caótico, con un estruendo calenturiento. Pasada la primera impresión, Mercedes reparó algunos detalles: la alfombra era vieja, en la paredes había fechas y letreros obscenos que enrojecían las mejillas; a un lado aparecía un diván tentador, ancho y muelle. La joven tuvo la intuición neta de que allí estaba su perdición.
—Yo no puedo estar aquí, no debo estar aquí—murmuró dirigiéndose a la puerta—; vámonos.
—Roberto la contuvo suavemente.
—No temas—dijo—ninguna celada. He ideado este medio para que podamos charlar tranquilamente. Eso es todo.
Mercedes tiritaba de emoción y de frío.
—Pero pueden vernos... y venir.
—Aquí no puede venir nadie, y menos entrar sin permiso nuestro.
Después, como quien es muy dueño de sí mismo y no tiene prisa en extremar sus caricias, añadió:
—Desde el palco, que es muy hondo, veremos a tu madre y a mis primas, sin peligro de ser vistos. Acércate por aquí...