Y salió precipitadamente, llevándose a Mercedes asida de un brazo, temeroso de volver a perderla. Atravesaron el vestíbulo y empezaron a subir las escaleras.
—¿Dónde vamos?—preguntó ella.
—Ahora lo verás.
Mercedes, instintivamente, sintió una violenta conmoción de terror. Llegaron al anfiteatro segundo.
—Al fin—murmuró el actor—, y por primera vez, vamos a estar solos, completamente solos tú y yo.
La arrastraba a lo largo de un pasillo obscuro, con un brazo vigoroso, amenazador, como el brazo irresistible de la fatalidad.
—¡Oh!... pero, ¿dónde me llevas?—exclamó Mercedes angustiada—; estoy ignorante de todo, Carmen nada me ha dicho.
—¡Naturalmente!... Porque Carmen no sabe que yo he comprado un palco para ti.
En el fondo del carrejo, un pasadizo sobre cuyo piso de tabla las pisadas retumbaban medrosamente, había un acomodador apoyado contra la pared, leyendo un periódico a la luz de una lamparilla eléctrica. Roberto Alcalá llegóse a él, presentando un billete.
—Palco proscenio, número...