Un acomodador se acercó exclamando:

—¡Tengan ustedes la bondad de dejar libre el paso!

Balbina Nobos comprendió que era preciso ceder: el director de orquesta acababa de sentarse en su silla.

—Bueno—repuso—, que vuelvan ustedes en seguida...

—Sí, sí... hasta luego.

—¡Cuidado con salir del teatro!...

—Quede usted tranquila...

Carmen echó a correr, arrastrando a Mercedes que no había osado desplegar los labios temiendo decir alguna candidez que descompusiese la maquiavélica urdimbre de todo aquel plan. Cuando las dos jóvenes llegaban al pasillo de butacas, encontraron a Roberto. Estaba muy pálido, con los ojos inquietos y azorados del luchador que va venciendo, pero que aun duda de la victoria.

—¡Todo ha salido a pedir de boca!—dijo Carmen; y agregó, señalando a Mercedes con un gesto—: ahí la tienes...

—Gracias—contestó Alcalá—, hasta después; volveremos a buscarte en seguida, antes de que caiga el telón.