—Yo también quiero ser feliz—exclamó la joven—, vivir consagrada a ti, morir amándote... es la pesadilla ineluctable de todas mis horas...

—Cede, pues... ven...

—No... nunca.

—Me lo prometiste.

—Lo sé, pero... estaba loca... ignoro lo que dije... ¡Déjame!...

—Luego—repuso el actor con voz agonizante—; espera aún...

Y otra vez reanudó su discurso, esa peroración tierna, ardiente, argumento único de eterno poema de todos los amores. De nuevo sintió Mercedes que las fuerzas la abandonaban: Roberto era el galán invencible de todos los dramas, el seductor irresistible de todas las novelas; el iniciador...

—Yo pagaré con pródiga largueza tus favores—murmuró el actor—enloqueciéndote sobre mi pecho al revelarte el hito de las voluptuosidades supremas... Ven... ¿Para qué resistes si al fin has de pertenecerme?...

Una voz varonil cantaba desde el escenario:

Tú mañana serás mía,
tú serás mi eterno amor...