Aquello era una conflagración irresistible de tentaciones; la virtud de Mercedes agonizaba; Roberto seguía hablando, acariciándola, besándola los párpados, la nuca... El ambiente del antepalco llegó a ser sofocante, la joven se ahogaba... El actor la cogió por las muñecas...

En aquel momento resonó en el salón una tempestad atronadora de aplausos, y por los pasillos del teatro voces y pasos de gentes que salían en tropel. Había terminado el primer acto. Mercedes, vuelta a la realidad bruscamente, se levantó.

—Vámonos—dijo—, vámonos en seguida, corre... mi madre está esperándome.

—Aguarda.

—No... ¡imposible!... ¡Tú quieres perderme!...

Corrió hacia la puerta, pero el actor, viendo el inminente fracaso de sus planes, la cerró el paso.

—No te dejo salir—dijo—, porque si tú sales... no vuelves.

—Sí, vuelvo... te lo prometo, te lo juro.

—No, no vuelves... y entonces te he perdido para siempre.

Mercedes rompió a llorar, desesperada de ser tan débil. Luego dirigióse hacia la parte anterior del palco, levantó los cortinajes y miró: gran parte del público había salido dejando grandes hileras de asientos vacíos; doña Balbina no estaba... La joven se volvió hacia Roberto mirándole con ojos que lucían con el siniestro fulgor de las desesperaciones infinitas.