—Se ha marchado—dijo.
—¿Qué te importa nadie?—repuso Alcalá—; piensa en mí, en mí solo; yo debo ser tu amor y tu rey...
Ella avanzó hacia la puerta, él la sujetó por los brazos y empezaron a forcejear.
—Cobarde, cobarde—repetía la Deseada—, abusas de mí...
Luchando, cayeron sentados sobre el diván, y Roberto, que no había perdido ni un momento su sangre fría, empezó otra vez a hablar con nuevo ardimiento y ternura. Ella le escuchaba jadeando, casi vencida, pensando en que las heroínas novelescas no suelen resistirse tanto... Paulatinamente, aquel ruido de pasos que iban y venían por los pasillos del teatro fue disminuyendo, conforme aumentaba en el salón la bullente batahola de conversaciones y de gritos; las puertecillas de algunos palcos fueron cerradas violentamente; los espectadores se apresuraban a recobrar sus localidades: el segundo acto iba a empezar.
—El daño ya está hecho y es irreparable—decía Roberto—: hazte cuenta de que rompiste para siempre con el mundo y que me perteneces.
—¡Oh, esto es horrible!...
—No tanto como supones.
—¡Sí, es espantoso!... Pobre madre; ahora, creyéndome perdida, estará llorando por mí... ¡Madre mía, madre mía!...
—¡Ah!... Compadeces sin razón a tu madre y no te apiadas de mí, que sufro tanto.