Roberto y Mercedes se miraron con ansia infinita, comprendiéndose, sintiendo que sus almas acababan de besarse enajenadas por el mismo encanto musical. Aquél era el grito eterno, desgarrador, de la juventud que se despide. La muy Deseada entornó sus párpados... El tenor cantaba con voz doliente como un sollozo:
A beber, a beber, a hogar
el grito del dolor...
Y el coro respondía briosamente:
A beber, a beber, a apurar
la copa del licor...
En todo aquello había amores, celos, esperanzas marchitas, despecho, lágrimas, algo eléctrico que flagelaba la espalda, produciendo una sensación de frío en la raíz de los cabellos...
—Ven, ven—murmuraba Roberto—, soy yo quien te llama...
Mercedes languidecía abandonándose entre los brazos del actor, todo se confabulaba en contra suya: la música, la atmósfera asfixiante del antepalco, el papel rojo que cubría las paredes, la blandura de aquel diván provocador de tantos obscuros vencimientos... La joven no hallaba ninguna razón firme a que asirse; los libros la enseñaron a ser frágil; Roberto consumaba el incesto monstruoso que comenzó Gómez-Urquijo...
—¡No puedo más!—murmuró—. ¡No puedo más!...
El público palmoteaba electrizado, pidiendo la repetición de la última escena.
—Ven, ven...—repitió Roberto.