En la oquedad del salón silencioso volvió a resonar la voz del tenor, lanzando aquel grito enervante, desgarrador, de la juventud que se despide:
¡Adónde váis huyendo
las ilusiones...!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y fué...
V
Aquella noche Mercedes la pasó delirando: su frente y sus manos ardían, tenía los labios secos y los ojos abrillantados por la fiebre; poseída de una terrible exaltación nerviosa, se revolcaba sobre el lecho destapándose, buscando la frescura de las sábanas, barbotando un monólogo disparatado que revelaba el incoherente trajín de su cerebro.
—Palco... esa puerta... déjame... ¡Oh, qué ruído, qué calor, cuánta gente!... ¡Me ahogo, me ahogo... abrir la puerta!...
Doña Balbina, sentada en un sillón, junto al lecho, la escuchaba sin responder, para no aumentar su exitación, según Gómez-Urquijo la había aconsejado. Luego, merced a unos pediluvios de agua hirviendo, la enferma se recobró mucho, dejó de hablar, y momentos después dormía tranquilamente. A la mañana siguiente despertó bien, extrañando que la hubiesen oído soñar en voz alta.