Los días desfilaban uniformes, tediosos, borrando los unos el desabrido recuerdo que dejaron los otros, trayendo idénticas desdibujadas emociones; largos, soporíferos, como modulaciones de un mismo bostezo... Balbina Nobos nada llegó a saber de lo ocurrido en la Zarzuela, el delirio de Mercedes lo achacó el médico a un enfriamiento, y aquel incidente, como tantos otros, fué olvidándose. Todas las mañanas Mercedes iba con su madre al Conservatorio y por las tardes recibía a Carmen Vallejo, quien siempre era portadora de una carta de Roberto; cartas apasionadísimas, desesperadas, terribles, que quemaban los dedos.

Pasaron quince días.

La tarde de un sábado, víspera de Carnaval, doña Balbina se hallaba en el comedor, cosiendo junto a la ventana, aprovechando las postreras claridades del crepúsculo; Mercedes estaba en el despacho copiando una lección de música; Gómez-Urquijo y Felipa habían salido; un reposo triste pesaba sobre las habitaciones silenciosas, con sus muebles obscuros y sus puertas cubiertas por cortinajes inmóviles; la lluvia porraceaba sobre los cristales, y en el cañón de las chimeneas el viento gemía con estentóreos lamentos y agudos ronquidos de gigante moribundo. De pronto la casa retembló sacudida por un violento portazo. Balbina Nobos levantó la cabeza y escuchó... La lluvia, impulsada por el viento, repiqueteaba furiosa sobre los cristales; el reloj del comedor proseguía impasible, tic-tac, tic-tac...

—No será aquí—pensó; y siguió cosiendo.

Luego, por efecto de una misteriosa concatenación de ideas, recordó los amores de Mercedes, sus tristezas, el anónimo que una mano desconocida escribió prometiendo revelarla secretos gravísimos... y de nuevo volvió a preocuparla aquel portazo que continuaba resonando dentro de su cráneo. Alarmada repentinamente, se levantó y fue al despacho: Mercedes no estaba allí: sobre la mesa y por el suelo, como arrojados en un acceso de coraje, yacían varios papeles de música; la anciana inspeccionó el dormitorio de la joven y recorrió todas las habitaciones repitiendo angustiada: «¡Niña, niña!»... Y volvió a encontrarse en el recibimiento, delante de aquella puerta que tan violentamente habían cerrado momentos antes.

—No está...—murmuró Balbina.

Su tímido corazón se resistía a admitir la posibilidad de una gran desgracia: su hija volvería...

—Habrá ido a casa de Carmen...

Aquello fué para ella un rayo confortable de esperanza, y admitió complacida lo mismo que en otra ocasión la hubiese disgustado.

—Pero, ¿cómo no me lo habrá dicho?...—agregó.