Permanecía inmóvil en medio del recibimiento, temblando ante el pavoroso misterio de aquella puerta cerrada. Era inconcebible que Mercedes hubiera salido exponiéndose a que Gómez-Urquijo la sorprendiera; por la memoria de Balbina Nobos pasaron revueltos nombres de personas y recuerdos de episodios ya olvidados: Roberto Alcalá, la representación de Marina y las palabras incoherentes que Mercedes pronunció durante su delirio... «Palco, déjame, esa puerta...»

De repente la anciana sintió frío, frío de cuartana y miedo de hallarse sola en aquella casa, con sus muebles obscuros y sus puertas adornadas por severos cortinajes inmóviles; miedo de la lluvia que repiqueteaba en los cristales y de aquel viento gemebundo que aullaba en las chimeneas con estertores agónicos, y de aquel viejo reloj que marcó la hora de su casamiento treinta y dos años antes y que había devorado su vida...

Balbina Nobos volvió al comedor, sentóse junto a la ventana y esperó. La noche había cerrado completamente; en el hogar de la cocina el carbón crujía lanzando chispas que derramaban sobre las bruñidas cacerolas fugaces reflejos sangrientos...

Pasó más de una hora. Felipa no venía, Mercedes tampoco. ¿Qué significaba aquello?...

De repente, el timbre de la puerta vibró.

—¡Ahí está!...—exclamó Balbina Nobos, pensando en su hija y corriendo hacía el recibimiento—: ¡Ahí está; es ella!...

Abrió. Era Gómez-Urquijo.

—¿Vienes solo?...—dijo.

Había tantas lágrimas en sus ojos y tanta emoción en su voz, que don Pedro experimentó el vago presentimiento de algo terrible.

—Sí, solo...—repuso—: pues, ¿a quién esperas? ¿Y Mercedes?