Balbina Nobos le oía, llorando hilo a hilo: las lágrimas son el lenguaje favorito de las mujeres sencillas que no saben hablar y sienten mucho. Gómez-Urquijo siguió perorando: el desdichado se reconocía autor principal de aquella gran tragedia; él había corrompido, a su hija, él poseyó su alma, y aquel incesto abominable lo continuaba otro hombre...

—¡Yo fuí, yo fuí!—repetía.

Inconscientemente los dos ancianos, movidos por el deseo de ver el último sitio donde Mercedes estuvo, penetraron en el despacho. Buscaban un rayo de luz que los orientase; acaso un consuelo... Sobre la mesa, y como fruto nefando de todo cuanto en ella se escribió, había una carta. Doña Balbina lanzó un grito. Gómez-Urquijo rasgó el sobre y acercándose a la ventana vió unos renglones horribles que compendiaban toda la filosofía de sus libros.

«Querido padre...»

Hubo una pausa. La carta iba dirigida a su verdadero autor.

—Yo no puedo leer—murmuró el anciano cuyos cabellos parecían más blancos—: me ahogo; lee tú...

Y doña Balbina, más curiosa, leyó:

«Querido padre: Causas de las cuales no es usted responsable, me obligan a separarme de su lado. Perdone usted el daño que le causo y procure olvidarme. Yo le dejo a usted como usted abandonó a mis abuelos; es una ley cruel contra la que es inútil rebelarse. La vida, usted lo ha dicho, es una novela que se escribe; permítame usted, por tanto, redactar la mía. Quiero aprovechar las ilusiones, la juventud, todo eso tan hermoso que no vuelve; ¡quiero ser feliz, padre mío...! Dele usted un beso a mi madre. Adiós...»

Barcelona.—Abril, 1900.

FIN