—Creo que nuestra hija se ha ido... ¡para siempre!...
Gómez-Urquijo corrió hacia el recibimiento, enloquecido, queriendo salir a la calle para pedir socorro... Pero se detuvo.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?—preguntó.
—¡Oh, bastante... más de una hora!...
—¡Una hora!...
Volvió a la sala retorciéndose los brazos, mesándose el cabello, maldiciendo de sí mismo. Después avanzó sobre su mujer con el puño levantado, poseído de salvaje frenesí, abofeteándola con aquella misma mano que trabajó para alimentarla y vestirla durante tantos años.
—¡Imbécil, imbécil!—repetía.
Luego, anonadado por la catástrofe que destruía de golpe la mejor ilusión de su vida, sintió que aquel bárbaro coraje se revolvía contra sí mismo.
—¡Oh ambición... quimera torturadora de mi alma!... ¡Gloria maldita que convertiste mi existencia en delirio inacabable de triunfos efímeros y de pesadumbres sin cuento!... Tú me arrebataste todo: juventud, descanso, porvenir, familia... ¡Todo lo di por ti, que eres humo; todo por nada!...