—Pero... volverá pronto... habrá ido a casa de Carmen...
Callaron, temblando bajo la repentina intuición de una desgracia.
—¡¡Mentira!!—gritó de pronto don Pedro—: tú nada sabes... ella nada te ha dicho, ¡no mientas!...
La había cogido por las muñecas arrastrándola hacia el salón.
—¿Dónde estabas tú?—repetía—: ¿cómo ha salido Mercedes de aquí?... ¡Habla! ¡Imbécil, imbécil!...
Tenía la convicción inquebrantable de que Mercedes se había fugado, y ante aquel mazazo brutal que sobre su vejez descargaba la fatalidad, su rostro adquirió la expresión angustiosa, horrible de esos colosos de piedra condenados, por caprichos del arquitecto, a soportar sobre sus frentes un peso enorme.
Balbina Nobos lo refirió todo: ella estaba en el comedor, cosiendo; de pronto oyó un portazo que parecía haber resonado en el piso inferior; luego se levantó y registró la casa sin hallar a Mercedes. No sabía más...
—Pero... ¿a qué viene eso?...—exclamó—, crees que nuestra hija...
—¡Sí, sí... lo creo... lo creo!...
—¡¡Pedro!!