Ramón Sopena, impresor y editor; Provenza, 93 a 97.—Barcelona
INCESTO
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I
Mercedes dió las buenas noches y salió: iba triste, algo pálida, con las ojeras violáceas y la mirada errabunda y brillante de las mujeres nerviosas a quienes el tósigo de una obsesión impide dormir tranquilas; y los dos viejecitos permanecieron sentados, contemplándose con aire melancólico.
Él ocupaba un cómodo sillón canonjil de ancho y sólido respaldar. Era un anciano como de sesenta años, envuelto en una bata obscura que caía a lo largo de su cuerpo alto y enjuto formando pliegues de majestuosa severidad sacerdotal; el pecho era angosto, el busto débil se encorvaba hacia adelante, obedeciendo a esa viciosa propensión física de las personas que envejecieron sentadas, y sus manos, bajo cuya piel rugosa serpeaban grandes venas azules, asían los brazos del sillón con afilados y amarillentos dedos de convaleciente.
Aquel cuerpo blandengue, enfermizo y tan para poco, contrastaba poderosamente con la cabeza; una cabeza apostólica que recordaba la de Ernesto Renán en sus últimos tiempos, y en la que aparecían acopladas la noble majestad de la vejez y la bizarra gallardía y el vivir heroico de la juventud.
Tenía la frente de los grandes pensadores, alta, bombeada y prolijamente surcada por el pliegue vertical de la reflexión y las arrugas horizontales que trazan paralelamente los largos esfuerzos imaginativos. Aquella frente entristecida por la ancianidad era una confesión, la novela de un hombre muy vivido, la página más conmovedora y elocuente de una obra maestra: frente serena y grave que seguramente concibió peregrinos pensamientos, que sintió muy hondo y padeció decepciones crueles recorriendo la dolorosa lira de las sensaciones: la ambición, enemiga del sueño, el odio mortal hacia el vulgo, adorador estúpido de esas medianías a quienes un caprichoso vaivén de la suerte colocó en el cenit de una popularidad inmerecida; las zozobras que preceden a los grandes combates artísticos, el inexpresable contento de las esperanzas realizadas, el torcedor recuerdo de las ilusiones perdidas... y que, tras largos años de trabajo cruel, aparecía rugosa y marchita, como el vientre de las mujeres fecundas que parieron mucho. Las cejas eran blancas, fuertes y pobladas; los ojos azules y hermosos, tenían el mirar inmóvil, firme y soñador de los espíritus retraídos entregados a interminables soliloquios; la nariz aguileña, los labios finos y nerviosamente cerrados, el rostro dantesco, seco y enjuto, sin pelo de barba ni resquicio de bigote, y sobre las orejas se abarquillaban los cabellos sedosos y blancos, simulando con bastante exactitud la forma de las antiguas pelucas palaciegas. Así aparecía don Pedro Gómez-Urquijo, el narrador inimitable de los amores sensuales: apoltronado en su recio sillón de trabajo, envuelto en su bata, con su rostro enérgico, sus ojos buídos y ardientes de antiguo apasionado, sus largas y marfileñas manos de convaleciente y su busto angosto que parecía soportar trabajosamente el peso de la cabeza, demasiado grande, tal vez.
Sentada delante de él, Balbina Nobos, su mujer, le miraba atentamente, como quien se dispone a escuchar interesantes revelaciones. Era una viejecita regordetilla y simpática, vestida de negro, que ponía gran esmero en el aliño y afeite de su persona, y en cubrir sus años valiéndose de la feliz capacidad que tienen para ello las mujeres pequeñas.