—En efecto...—dijo Mercedes—, creo que estuvo un día en casa, hablando con mi padre...

Cuando se tienen pocos años, se intima pronto. Pocos meses después de conocerse, la tres amigas parecían hermanas; se lo habían dicho todo, sus secretillos más recónditos, sus esperanzas más atrevidas. Mercedes estuvo en casa de Carmen y de Nicasia, éstas no tardaron en devolver la visita, y doña Balbina y la viuda de Vallejo tuvieron, con este motivo, ocasión de renovar su antigua amistad. Todo ello contribuyó a reforzar el cariño que unía a las tres jóvenes y, como eran casi vecinas, siempre estaban las unas en casa de la otra o viceversa, repasándose las lecciones de música o enseñándose bordados o labores en marquetería, a las que Carmen, especialmente, era muy aficionada.

Todo esto ocurría a espaldas de Gómez-Urquijo, que vivía apartado de la realidad, sumido en el mundo fantasmagórico de sus quimeras novelescas... Y así Mercedes, insensiblemente, sin procurarlo, iba dejando el buen camino, empujada por la mano omnipotente del Destino impenetrable...

Una tarde, saliendo del Conservatorio, doña Balbina, contra su costumbre, se quejó de que «las niñas» caminaban muy de prisa.

—Más despacio, más despacito—repetía—; no puedo seguiros...

Mercedes hizo un gesto de disgusto y no respondió.

—¿Por qué no sales sola?—preguntó Carmen bajando la voz.

—No me dejan.

—¿Lo has intentado alguna vez?

—No.