Mercedes había abierto el libro por una de sus últimas páginas, aquéllas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de la narración.

Eva era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor, ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre la carne, siempre frágil, y el honor... Y, finalmente, la caída, la dulce y espantosa caída, con sus noches de insomnio preñadas de terribles quimeras...

Todo esto lo releyó Mercedes con la torcida fruición del niño que hojea por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura fué para ella un tósigo.

Gómez-Urquijo había procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la realidad; describió el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo, pero, generalmente, más bien malo que bueno; y todas sus esperanzas, todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados allí, a guisa de légamo funesto. Gómez-Urquijo era pesimista; creía que la tierra es un mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de desengaños, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde salieron... Y a esto obedecía el criterio sombrío de don Pedro: el autor de Eva se rebelaba contra la muerte; le parecía absurdo y contrario a la noción de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el anónimo desesperante de lo pretérito; y por eso, para aminorar la visión fatídica del no ser, Gómez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con perfiles que recordaban la fúnebre filosofía de los epicúreos: amemos; el amor es el único enemigo invencible de la muerte, el consolador bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de sentir el opio embriagador del deseo... ¿Para qué sufrir? ¿Por qué no enmascarar bajo poéticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es una novela que se escribe: hoy puede redactarse un capítulo triste, mañana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.

La joven pasó toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y funestas enseñanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que, como Galileo, sentía trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se echó encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendió el quinqué y continuó leyendo.

Todo la sorprendía; allí vió pasiones jamás presentidas por su columbino candor de doncella y escenas de un subidísimo color naturalista que simultáneamente la avergonzaban y seducían. La ética predicada por Gómez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegría, algo triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen en sus últimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, decía el autor de Eva, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos sugestionar por las vagas incertidumbres del mañana; la melancolía es el credo inútil, infecundo y estúpido de los vencidos... Gómez-Urquijo entonaba en aquellas páginas del mejor de sus libros, una canción brillantísima en honor del amor y de la risa: Eva era el prototipo de la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una creación sobrehumana, puramente artística, bella y fecunda como la Eva milagrosa del Génesis, que llevó en sus ovarios los gérmenes de toda la especie humana; libertina como Semíramis, voluptuosa como Cleopatra, con esa voluptuosidad ponzoñosa, insaciable, que atormenta las entrañas de las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena, incestuosa como Mesalina, cruel como Herodías... y a ratos también, esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantísima como Raquel... Eva lo reasumía y abreviaba todo: las virtudes, los heroísmos, las abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergüenzas femeninas; era, pues, un símbolo; símbolo admirable digno de parangonarse con las creaciones inmortales del paganismo.

Mercedes leía ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer fantástica, hermana suya, puesto que también parece mediar cierto secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo bien concreto de lo mucho y mal definido que ella sentía.

Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos históricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiración de los artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales; la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al principio y luego se rinde y más tarde persigue y acosa al burlador, al inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en voluptuoso miraje a la imaginación de la gozadora adolescencia, emborrachándola con la sinfonía de sus juramentos y de sus besos y el sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama, que olvida y que ríe... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a querer y a reír...

¡Amar, reír!... Gómez-Urquijo insistía continuamente sobre estos dos conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme leía, iba quedándose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho indiscutible que tenía a cometer locuras y a ser dichosa.

Aquella noche Mercedes durmió con la novela de su padre debajo de la almohada, procurando que nadie la viese, con la vergüenza y el temor de la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.