Como Mercedes no pertenecía al número de esas mujeres frías y volubles que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el alcance que sobre ella podían tener las sensaciones. Primero leyó Eva, luego Cabeza de mujer, y ambos libros causaron en ella un efecto abominable: por sus páginas conoció las hechicerías de lo vedado y la inanidad de cuanto hasta allí estimó bueno y digno, por tanto, de imitación; allí aprendió que el hastío es la carcoma implacable del matrimonio; que el marido es algo monótono, insípido, como una cena servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo prohibido oculta la mitad más preciosa y duradera de sus encantos, no querrían casarse nunca...

Cabeza de mujer era un estudio perfecto de la psicología femenina, en cuanto hay en ella de pequeño; las envidias, las veleidades, los caprichos del momento, amores de salón, pasiones efímeras de coqueta que languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras Eva reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto sobre el cual la mano habilísima del novelista trazó la sinfonía admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus impaciencias, sus citas y demás misterios clásicos que forman los adorables prolegómenos de la suprema posesión.

Mercedes sentía que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo con estremecimientos eléctricos a los diversos matices del himno pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante, tenían su misma sangre, sus mismos nervios. Gómez-Urquijo había puesto en todas igual temperamento, lo que no es de extrañar, pues el escritor se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos análogos.

La joven se reconoció retratada en los libros de su padre. Ella, con sus cortos cabellos negros y fuertes, su rostro pálido, sus ojos de obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se parecía a Eva, la gran apasionada, incansable derrochadora de placeres, que murió abandonada después de servir de embeleso a muchos hombres; y recordaba también a Matilde, la protagonista de Cabeza de mujer, aquella caprichosa incorregible que renunció a su marido y a sus hijos por beber champagne con un adorador que no la interesaba....

Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipócritas y mudables, aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos, zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto sojuzgador del ángel malo. Eran adúlteras porque sus esposos eran vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua sobreexcitación de sus nervios así lo exigían; pero siempre interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre artistas... Y Mercedes las quería y hubiese deseado emularlas, rivalizar con ellas, ser una de tantas....

Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visión de un mundo, escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendió las suaves emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol, caminando bajo los árboles y por entre los flexibles herbazales que se enredan a sus pies, invitándoles a caer; y la voluptuosa melancolía del crepúsculo, con sus pájaros adormilados arrullándose entre el boscaje, sus campiñas despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche, sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fría en la superficie inmóvil de los pantanos... Y conocía también las emociones de los amoríos urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas serviciales que ejercen tercería, ofreciéndose a llevar y traer cartas, o poniendo su casa a disposición de los que no pueden exhibir su pasión públicamente; las entrevistas en los cafés poco concurridos de los arrabales, los paseos en coche... Y además las cartas, las horribles cartas hinchadas de juramentos hiperbólicos y de promesas soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los desdenes, los celos; y luego las escenas más íntimas. Aquellas tardes invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios, esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a poco la siniestra profecía de Malthus. A través de los cristales de la ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las paredes, los muebles abocetan tímidamente sus suaves panzas de raso o felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmóviles y tristes como telarañas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una sensación de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el fondo de la habitación aparece el lecho; no como aquéllos de en tiempo del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeñas son odiosas por parecer construídas exclusivamente para dormir o gustar el placer de prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito, amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre cuyos pliegues la mundana previsión del tapicero colgó una lamparilla eléctrica.

Todo esto lo sabía Mercedes y más aún... Conocía los detalles, los refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aquí y allá por la impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer las camisas de seda, tan suaves, ciñéndose y modelando las curvas del cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesión; y los besos en la nuca, tan afrodisíacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un cosquilleo magnético que llega a los riñones... Y luego aquellas horas de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con el ánimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultáneo tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del hombre más grave, más lento; el de la mujer más rápido, más febril; pero avanzando simultáneamente cual si entre ellos mediase también una corriente simpática...

Tales lecturas causaron en el carácter de Mercedes una honda revolución que no advirtieron en los primeros momentos ni doña Balbina ni Gómez-Urquijo: tornóse más irritable, más desigual, más voluntariosa; las lecturas habían prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales; dormía poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fué más profunda, y pasaba largos ratos en el balcón, recapacitando en la monotonía de su existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y pensando que todos ellos tendrían, como los hombres y las mujeres de los libros, sus amores y su citas.

Su padre, el talentoso autor de Eva y de Cabeza de mujer, lo había dicho. «La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre, a gusto del autor». Y Mercedes renegaba de que en todas las páginas de su historia el Destino fuese escribiendo los mismos párrafos.

A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doña Balbina, tan buena, tan resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minoría de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido después: y entonces el matrimonio le parecía algo absurdo, una institución monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrán de odiarse el día de tornaboda; una especie de duelo a muerte que sólo puede terminar con la desaparición de uno de los dos adversarios. Y Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de enviudar, no se casarían nunca.