Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua excitación: siempre, sin saber por qué, esperaba algo nuevo, anormal, que sobrevendría fatalmente y de sopetón, en forma de ser viviente o de noticia o de carta, pero que llegaría al fin, cuando más descuidada estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su ilusión nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes continuamente, a todas horas, de un telegrama que jamás venía, de una carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acudía al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaños por días, siempre se dormía conforme, fortalecida por su convicción inquebrantable de ser dichosa, murmurando:
—Vendrá mañana...
Así vivía, abrazada a un ensueño sin nombre.
De algo de esto habló Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir del Conservatorio; mas ellas, que habían leído muy poco, no supieron qué decir.
—En los libros—afirmó Carmen—los autores escriben muchas tontunas. Tú, de todos modos, necesitas un novio.
Y añadió bajando la voz para que Nicasia no la oyese.
—Otro día te contaré lo que hace tiempo me sucedió con Luis...
—¿Cómo?—exclamó Mercedes sorprendida de aquella revelación que no esperaba—¿tienes novio?
—Sí.
—¿Cómo no me lo habías dicho, hipócrita?