—¡Qué sé yo!... Es amigo de Roberto; un novio muy guapo, muy decidor, que me da muchos besos...
Y empezó a reír estrepitosamente. Mercedes no hizo ningún gesto: aquello le parecía muy lógico, muy corriente, pues, según ella recordaba haber leído en las novelas de Gómez-Urquijo, todos los hombres y las mujeres que se quieren deben dormir juntos.
Carmen, amohinada por esta impasibilidad, preguntó:
—¿No te gustaría a ti también, tener un novio que te besase?...
Y Mercedes repuso con esa inconsciencia con que sostienen los mayores absurdos morales las mujeres que prostituyeron su alma antes de violar la virginidad de su cuerpo:
—¡Es natural!...
Por aquella época Gómez-Urquijo recibía bastantes visitas, de literatos, actores y artistas jóvenes y ambiciosos que iban solicitando la ayuda del afamado novelista.
Don Pedro, que madrugaba con el sol, estaba visible únicamente por las mañanas: sus amigos podían verle sin preámbulos, pero los desconocidos no podían pasar sin cumplir esos requisitos sociales que son la parte teatral que envuelve y da prodigioso realce a la vida exterior de los grandes hombres. Primeramente tenían que presentar su tarjeta o la cartita de recomendación que trajesen, y luego sentarse en el recibimiento, sobre un largo banco de gutapercha donde Gómez-Urquijo les dejaba aburrirse quince o veinte minutos, dándoles a entender con tan larga espera que estaba muy ocupado y que aquellos momentos de audiencia eran para él verdadero sacrificio.
Mercedes, apartando disimuladamente los cortinajes que cubrían la puerta del comedor, procuraba atisbar, sin ser vista, a los recién llegados. Algunos iban dos y tres veces: a éstos ya les conocía, designándolos mentalmente por la particularidad física o por el detalle de su indumentaria que más la impresionase, y así decía:—El hombre del bigote rubio; el joven del gabán claro...—Pero otros, los menos afortunados, pasaban de refilón, como sombras, para no volver. Generalmente eran jóvenes mal vestidos, de rostros pálidos y ojos brillantes agrandados por las emociones mentales.
Entre los individuos que más asiduamente frecuentaban la casa de Gómez-Urquijo, estaba don Pablo Ardémiz y Roberto Alcalá, el primo de las hermanas Vallejo; un actor joven que había estrenado varios dramas de don Pedro y por quien éste sentía gran afecto.