Era un mozo como de treinta años, de mediana estatura, elegante y atildado, pero sin que ni su elegancia ni su atildamiento pecasen de ridículos; grave sin orgullo, cortés sin afectación. Llevaba el rostro primorosamente afeitado y el negro pelo caprichosamente abullonado sobre las sienes, lo que imprimía a la cabeza cierta originalidad artística; sus ojos azules miraban con la imperturbable quietud del hombre corrido que sabe y disimula muchas cosas, y por sus labios delgados vagaba la expresión indefinible, ambigua, de los actores expertos acostumbrados a fingir continuamente expresiones contrarias. Era, pues, muy simpático, con una simpatía que dimanaba, principalmente, de la perfecta ecuanimidad de su espíritu y de lo bien que se armonizaban el comedimiento de sus palabras y la británica corrección de sus gestos.

A Roberto Alcalá y a don Pablo Ardémiz les conoció Mercedes simultáneamente, una tarde en que Gómez-Urquijo les invitó a cenar. Era la primera vez que la joven comía con gente extraña. Don Pedro ocupaba la cabecera; Roberto estaba a su derecha, Ardémiz a su izquierda, y junto a don Pablo, doña Balbina. Felipa, la criada, iba y venía desde la cocina al comedor, algo aturdida por la presencia de los dos nuevos invitados.

Bajo el torrente luminoso derramado por la lámpara suspendida a cierta altura sobre la mesa, los rostros de los comensales surgían con poderoso relieve. Don Pedro, con su ancha frente pensativa, sus ojos graves de mirar penetrante, su nariz aguileña, de alas movibles que la inspiración y el coraje hinchaban fácilmente, su semblante enjuto y su cabellera blanca y artísticamente abarquillada sobre las sienes, como las coquetonas pelucas de los antiguos cortesanos. Roberto, siempre solícito y atento a las menores variantes de la conversación, clavando en Gómez-Urquijo la tranquila mirada de sus ojos azules, algo ensombrecidos por esas ojeras violáceas características de los trasnochadores sempiternos... Mercedes lo observaba todo.

Don Pablo Ardémiz era un hombre sesentón, alto y grueso, un poco calvo, con labios abultados y entreabiertos de viejo lascivo; su encanto principal consistía en la voz; una vocecilla algo estropeada, quizás, por los abusos del vino y del amor, pero afable; simpática, dulce y dotada de una tonalidad o dejo de irresistible seducción; y hablaba despacito y quedamente, subrayando las palabras con guiños o ademanes elocuentísimos que le erigían en príncipe del gesto. La vida de don Pablo era un misterio: nadie le conocía familia, ni empleo, ni bienes de fortuna... y, no obstante, vestía bien, frecuentaba los teatros y los salones patricios y fumaba de lo caro. ¿De qué vivía don Pablo?... Nadie pudo averiguarlo, y cuando alguien, en tono frívolo y de gorja, apuntaba la posibilidad de que alguna vieja rica y de gusto subvencionase las necesidades de Ardémiz, éste sonreía, exclamando:

—¡Oh señores, nada de eso!... Yo estoy mandado retirar... ya no puedo. Ustedes saben cuán enemigas son las mujeres de los párpados enrojecidos y de las manos trémulas.

Esto lo decía con acento persuasivo que no daba lugar a controversia; el acento resignado y alegre de los viejos galanes que salieron del mundo con la orgullosa pretensión de haber apurado todos sus goces.

Las figuras de don Pablo Ardémiz y de Roberto Alcalá, preocupaban poderosamente la curiosidad de Mercedes, quien no dejó de observarles durante toda la comida. Lo que más la seducía de ellos era la atmósfera viciosa que ambos respiraban: Roberto Alcalá, que vivía solo, sin otra ley que su capricho, entregado a los fáciles amoríos de la «gente de teatro», con amigos de buen humor y queridas graciosas que le ayudaban a disipar alegremente su dinero... Pensando así, la descompuesta imaginación de la joven veía a Roberto como Borgia, retozando a sus amadas sobre un colchón de violetas, después de bañarlas en un barril de Malvasía... Y don Pablo Ardémiz; que había llegado soltero a los sesenta años y cuya historia sería, por tanto, una interesante leyenda de amores: con su belfo colgante de viejo libertino, sus manos gruesas y velludas, sus ojos dominadores y penetrantes de hombre acostumbrado a contemplar mujeres desnudas, y su voz... aquella voz bajo cuyas modulaciones irresistibles hubieron de rendirse y caer las virtudes más salvajes necesariamente, fatalmente, con ese fatalismo ciego con que caen los cuerpos abandonados en el espacio. Viéndolo, sentía Mercedes la emoción de curiosidad y de miedo que deben de experimentar las vírgenes cautivas al recibir la primera visita del Sultán.

La conversación la sostuvieron principalmente Ardémiz y Gómez-Urquijo. Roberto Alcalá charló poco, como hombre modesto que no tiene empeño en representar un papel principal.

Se habló de literatura, de teatros, de las últimas noticias sensacionales.

—Anoche aseguraban en Eslava—dijo Roberto—, que Claudio se había vuelto loco.