—¿Claudio?...—preguntó don Pedro—¿quién es Claudio?
—¡El pintor!...
—¿Claudio Antúnez?
—Sí.
—¿Es posible?—exclamó Gómez-Urquijo—; los periódicos nada dicen.
—No es extraño, porque la desgracia de nuestro amigo no corrió por Madrid hasta las primeras horas de la madrugada...
Discutieron extensamente los motivos provocadores de aquella locura.
—El trabajo—exclamó Gómez-Urquijo con su acento resuelto de polemista acostumbrado a imponerse—, el demonio devorador del trabajo es quien ha llevado al pobre Antúnez al manicomio.
—El trabajo y la mala vida—repuso Roberto—, las noches pasadas en vela, sus ambiciones insaciables de artista, el vino...
Mercedes escuchaba, pensando, sin saber por qué, en que Roberto Alcalá también estaba rodeado de iguales peligros.