—Yo creo—interrumpió Ardémiz—, que más que el trabajo y el vino ha influído en la locura de Claudio el amor.

—¡Ah! ¿Usted le conocía?—preguntó Roberto.

—Mucho.

—¿Y dice usted que andaba enamorado?

—Sí.

—¿De quién?...

Pablo Ardémiz, que advirtió los ojos penetrantes de Mercedes clavados en él, sonrió de un modo enigmático.

—Es casi un secreto—repuso—, un secreto que muy pocos conocen. Claudio Antúnez mantenía relaciones con una mujer casada.

—¿Y esa mujer?...

—Es quien le ha destrozado la medula...