Alcalá y Gómez-Urquijo sonrieron, y Mercedes se mordió los labios, desesperada de no comprender el malévolo significado de aquella risa.

—Es un crimen horrible, un verdadero asesinato—prosiguió Pablo Ardémiz—; asesinato tanto más lamentable, cuanto que nadie puede castigarlo. Claudio ha muerto envenenado: le han envenenado con amor, y el amor es tósigo sutilísimo que no puede figurar en el informe de ningún médico forense.

Y añadió con expresión de fina ironía:

—De no ser así, muchas viudas inconsolables estarían en presidio...

Aquella noche Mercedes se durmió pensando en aquel Claudio Antúnez, a quien no conocía, en las mujeres criminales que saben matar amando, según afirmó don Pablo, a quien suponía muy ducho y versado en cuestiones de este jaez, y en que, durante la cena, había sorprendido a Roberto mirándola de soslayo y con particularísima afición.

Al día siguiente, momentos antes de entrar en clase, Nicasia se acercó a Mercedes, diciéndole bruscamente:

—Ya sé que anoche mi primo cenó en tu casa.

—Sí; ¿cómo lo sabes?

—Por el mismo Roberto. Nos ha dicho que eres muy guapa y que le mirabas mucho, ¿Es cierto?

Y como lo era, Mercedes se puso muy colorada y no supo qué responder.