Algunas mañanas después, estando Mercedes poniéndose los guantes y el sombrero para ir al Conservatorio, llamaron a la puerta. La joven, según costumbre, corrió al recibimiento y abrió. Era Roberto. El simpático actor saludó cortésmente y preguntó:
—¿Está don Pedro?
—Sí, señor... En su despacho. Pase usted.
Alcalá contemplaba a la joven sonriendo, y ella, que sentía en sus mejillas el calor de aquella mirada, no se atrevió a levantar los ojos del suelo.
—¿Dónde iba usted?—murmuró Roberto.
—A clase.
—¡Tengo unos deseos de decirla a usted un secreto!... Un secretillo muy interesante que sólo usted puede oír.
No hablaron más, sorprendidos por los lentos pasos de doña Balbina Nobos, que se acercaba.
Noches después, Mercedes y su madre fueron al teatro. Se representaba un drama de adulterio, y el papel de amante lo interpretó Roberto Alcalá. El joven actor apareció a mediados del primer acto, declamando un monólogo apasionadísimo que le conquistó muchos aplausos. Mercedes le escuchaba, presa de intensísima emoción, temiendo que se equivocase, y se rebullía en su butaca procurando que doña Balbina no advirtiese su nervioso temblor.
Al final del segundo acto, Alcalá representó una preciosa escena con la primera actriz, con la adúltera, arrobando a Mercedes, que le oía embelesada, como si aquel ardiente epitalamio fuese dedicado a ella...