Pasaron varios meses y llegó el invierno. Una tarde, al salir Mercedes de casa de Carmen para ir a la suya, encontró a Roberto en el portal. El joven actor lanzó un suspiro de satisfacción.

—¡Por fin!—dijo.

Mercedes le comprendió perfectamente y vió en su exclamación una prueba de amor, pues aquel encuentro también lo esperaba ella desde hacía mucho tiempo. Y, con una ingenuidad que encantó a Roberto, repuso:

—Sí, soy yo.

—Gracias.

—Gracias... ¿por qué?...

—Por haber venido. Este encuentro parece una cita...

Ella sonrió alegremente; su risa valía una afirmación.

—¿Dónde va usted?—dijo él.

—A mi casa. Es decir, antes he de ir a la calle Abada, ahí cerquita, a comprar unas agujas.