—¿Me permite usted acompañarla?
Y como Mercedes titubease, no sabiendo lo que las mujeres honestas deben responder a semejante proposición, Roberto agregó:
—Ea... pues... ya está dicho. ¡Me voy con usted!...
III
La juventud, garbo y apasionado temperamento de Mercedes, rindieron muy pronto a Roberto, inspirándole un capricho que, por lo consecuente y duradero, ofrecía los gayos visos de una legítima pasión. Adoraba su ingenio desigual, a ratos candoroso y a ratos descocado y mordaz; sus ardores desbordantes y sus anhelos desenfrenados de saberlo todo; y como hombre mundano a quien las decepciones enseñaron a no preocuparse del mañana, aceptaba muellemente el curso de los acontecimientos, olvidando los peligros a que se exponía y las graves consecuencias que acaso trajese aparejadas aquel cariño. Roberto, en fin, jamás pensó en que Mercedes fuese, ni su mujer, ni su querida; esto dependía del porvenir, de las circunstancias... tal vez de los merecimientos que la joven tuviese para ser manceba o ascender a la categoría de esposa.
Ella, por su parte, idolatraba a Roberto, aunque tampoco midió la dulce posibilidad de legitimar aquellos amores. Roberto era a sus ojos el más guapo de los hombres, el mejor conversador, el más irresistible, el más socaliñero. Todas las partes de su cuerpo le parecían dignas de especial cariño y atención: admiraba su frente, cortada por las arrugas que formaron las frecuentes contracciones de los músculos frontales; y sus manos, llenas de experiencia; y sus oídos, que hubieron de escuchar los voluptuosos juramentos de muchas mujeres enamoradas; y sus labios, acostumbrados a besar y a mentir. Comparando a Roberto con los galanes protagonistas de Eva y Cabeza de mujer, le hallaba superior a ellos y digno, por tanto, de coronarse vencedor en cualquier torneo pasional. Amaba sus palabras, sus gestos, la expresión burlona y ambigua de sus ojos azules, el color de sus trajes, el corte de sus pantalones... hasta el perfume de sus pañuelos... Únicamente le preocupaba el pasado de Roberto: aquella historia amorosa de quince años, poblada, acaso, de mujeres inolvidables.
—¿Tú habrás tenido muchas novias?—decía.
—Sí...—replicaba Roberto sonriendo—, como todos los hombres... Soy uno de tantos.
—¿Bonitas?
—Bonitas y feas... pero más bien feas que bonitas; lo malo abunda.