—¿Qué dices?

—Digo, que otras veces afirmó lo contrario de lo que ahora sostiene... y tengo para mí que si entonces cometió error fué inconscientemente, dejándose llevar de su temperamento, como verdadero artista que no sabe fingir; mientras que ahora se equivoca a sabiendas, proclamando útil y bueno lo que siempre tuvo en poco.

Fué la suya una oración extraordinaria, grito avasallador y vibrante de la juventud que quiere reivindicar sus derechos.

—¡Usted pretende que yo sea dócil y humilde, y que reniegue de mi imaginación y asesine mis deseos y haga caso omiso de mi voluntad!... ¡Y a eso llama usted ser buena!... ¡A no tener entendimiento, ni corazón, ni fantasía, ni conciencia del propio mérito; a ser una bestezuela, una pobre máquina que come y duerme y sufre sin quejarse!... ¿Cree usted que mis aspiraciones se reducen a repasar la ropa y amamantar los hijos del hombre que la casualidad me dé por esposo?... ¿Para eso me engendró usted, para sufrir las impertinencias de un individuo que, por el mero hecho de haberme dado su nombre, ya puede atormentarme legalmente?... ¡Ay, padre, padre!... ¿Es posible que quiera usted emplear conmigo la moral que, según usted mismo, labra la infelicidad de tantas mujeres? ¡No, eso sería absurdo y monstruoso!...

Y añadió, lanzando un grito vehemente de pasión, cruzando las manos sobre el pecho en ademán de irresistible súplica, deshecha en lágrimas:

—¡ Yo quiero gozar de la vida, padre mío, antes de que las ilusiones mueran en mí! ¡Necesito ser feliz!... Usted, que llegó a viejo, sabe, por propio y amargo convencimento, que la juventud no vuelve...

¡Quiero ser feliz!... Aquél era el grito inspirador de Eva y de Cabeza de Mujer, el grito traductor de esa fiebre de goces que arrastra hacia el pecado a tantos millones de mujeres. Don Pedro escuchaba admirado, vencido por los irrefutables argumentos que Mercedes aducía en defensa de las doctrinas que él propaló en sus libros, y holgándose secretamente de recibir el incienso de tan gallarda peroración.

Gómez-Urquijo miraba a su hija sin pestañear, presa de estupefacción supina y cual si nunca hubiese reparado bien en ella. Mercedes tenía el carácter y hasta los mismos rasgos fisonómicos de sus hermanas Eva y Matilde. Era la mujer que él soñó, con su cabellera negra y crespa, sus ojos profundos, su nariz aguileña de alas inquietas, sus labios finos y su semblante místico, enjuto y pálido; y luego el cuerpo, nervioso, flexible, de talle largo y de caderas poderosas... La mujer, ardiente, veleidosa, simoníaca, que cree y duda y sueña con viajes y amoríos fantásticos; la mujer que va de aquí para allá, según las oscilaciones del capricho, corriendo siempre hacia lo ignorado, como insaciable mariposa enamorada del misterio, y que cruza por el mundo riendo y cantando, borracha de alegría, prodigando sus encantos, cual una bacante que, por equivocación del Destino, hubiese nacido en occidente, muchos siglos después de extinguirse los últimos cánticos entonados en loor de las retozonas deidades del gentilismo...

Mercedes continuó hablando, defendiéndose gallardamente con los argumentos que aprendió en los libros de su padre, sofocando a Gómez-Urquijo quien, convertido en crítico de sí mismo, la acometía tibiamente. Mercedes era irresistible; don Pedro se batía en retirada, desconcertado, huyendo ante aquella hija, engendro demoledor de su carne y de su fantasía.

—¡Oh padre mío!—exclamaba la joven—; ¿es creíble que usted, autor de tantas mujeres iguales a mí, no me comprenda?... Usted ha dicho que la vida es una novela que se escribe... ¡No sea usted cruel! Deje usted que la novela de mi vida la escriba yo a mi gusto...