—Tampoco lo sé.
—¿No has hablado de esto con ella?
—No.
—¡Es increíble!
—Tal vez, pero es así.
Negaba con tanta firmeza, que Gómez-Urquijo se reconoció desorientado.
—Haces mal en disimularme la verdad—dijo—; yo soy el único hombre que te quiere desinteresadamente, el único que sueña contigo y que daría su vida por verte dichosa...
Después, olvidando la larga historia de sus polémicas literarias, empezó a hablar de moral llanamente, rellenando su peroración de lugares comunes. El matrimonio es el estado perfecto del hombre; la mujer nació para vivir en su casa, consagrada al cuidado de su esposo y de sus hijos; la mortificación y amansamiento de las malas pasiones asegura la pureza del espíritu; la obediencia, la humildad y el sacrificio de sí mismo, son el verdadero manantial inagotable de toda virtud; no debe hacerse secretamente aquello que no pueda confesarse en público; el encanto de lo prohibido es la gran añagaza inventada por el pamplinero genio del mal para mancillar a los limpios de corazón...
Mercedes parecía escucharle atentamente, y por sus finos labios vagaba una sonrisa desdeñosa casi imperceptible.
—¿Y es usted quien, olvidado de lo que ha escrito, se atreve a predicarme todo eso?—exclamó.