Hubo una pausa.
—No importa—repuso don Pedro vencido—; procura imitarla; la virtud nunca es vulgar. De lo contrario seré capaz de recurrir, para castigarte, a los procedimientos más duros: a la reclusión, al destierro...
—¿Y mi felicidad?
—¡Loca!... Búscala en un pacífico término medio. Las mujeres de mis libros sólo hubieran podido ser fieles y dichosas casándose con hombres como yo, superiores... ¡Y es muy difícil hallar hombres así!...
—Necesito ser feliz—repitió la joven obstinadamente—, lo necesito antes de llegar a vieja... ¡No lo olvide usted!
Gómez-Urquijo se cruzó de brazos, mudo, no sabiendo qué argüir contra aquella sed implacable de placeres. Cuando don Pedro salió del dormitorio, Mercedes quedaba muy orgullosa, convencida de haber derrotado a su padre completamente.
Después de aquella conversación, Mercedes no volvió a salir sola: su madre la acompañaba al Conservatorio, luego iba a buscarla y era tanta su asiduidad y vigilancia, que hasta las ocasiones de expansionarse con sus amigas la robaba. Al principio la joven intentó sublevarse y romper tan odiosa tutela, pero sus esfuerzos fueron vanos, porque doña Balbina tenía el apoyo de Gómez-Urquijo y aquella protección la autorizaba y fortalecía.
—No soy yo quien hace esto—exclamaba cuando su tierno corazón maternal no podía resistir las súplicas insinuantes de Mercedes—; es tu padre... tu padre ordena y dispone; mi misión queda reducida a obedecerle ciegamente... Háblale tú; yo no me atrevo...
Después, compadecida de tanto rigor, agregaba:
—Los viejos están aquejados de manías y tu padre tiene las suyas. Esto pasará: ten paciencia... Por ahora hemos de conformarnos. Si supiese que te dejaba sola un momento, era capaz de matarme. ¡Ah, qué furioso se puso cuando te sorprendió yendo a casa de Carmen!... ¡Lo que me dijo!... Nunca le he visto así. Creí que me pegaba...