Mercedes acabó por resignarse con su suerte; pasaba los días mano sobre mano, sin ganas de reír ni de llorar, sumida en una embrutecedora melancolía. Cuando iba al Conservatorio, apoyada en el brazo de su madre, caminaba lentamente, con los ojos fijos en el suelo, segura de que sus movimientos de convaleciente, tardos, perezosos y débiles, no habían de llamar la atención de los hombres, y que holgaba que ella mirase a ninguno. En pocas semanas perdió la afición hacia todo lo que reclamase algún esfuerzo; no cosía, ni bordaba; las faenas domésticas la inspiraban horror, los libros la aburrían y los nocturnos de Chopín yacían olvidados, empolvándose sobre el atril del piano abierto. Siempre tenía frío, ganas de sentarse donde hubiese poca luz, para arrebujarse en su mantón y dormir. Diríase que en ella había muerto toda esperanza de redención; era un pajarillo enfermo, una pobre vencida que se entregaba... Balbina Nobos llamó la atención de don Pedro acerca de esto, el anciano no hizo caso.

—Eso—dijo—es una crisis aguda de sentimentalismo y de mala crianza, que desaparecerá con las primeras auras primaverales. Sigue mis consejos: a las muchachas conviene tratarlas, según las circunstancias, con cierto rigor...

Terminaba el mes de noviembre y llegó el invierno, con sus temporales de granizo y nieve y sus horribles tardes cargadas de bruma. Algunas veces, después de clase, Carmen y Nicasia Vallejo, burlando con anuencia de doña Balbina las órdenes de Gómez-Urquijo, que había prohibido terminantemente aquellos visiteos, iban a casa de Mercedes y éstos eran los únicos momentos en que la joven charlaba y reía. Carmen y su hermana solían llegar por la tarde, cuando más probabilidades tenían de no encontrarse con don Pedro; Mercedes, que ya las esperaba, salía a recibirlas y las tres entraban en el gabinete corriendo, empujándose, muy ufanas de atropellar los deseos del jefe de la casa; después se ponían a charlar junto a la chimenea, refiriendo en voz baja chistosos secretillos que luego reían a carcajadas, pellizcándose, dándose azotes, jugueteando como pajarillos que se espulgan bajo un rayo de sol.

Aprovechando los momentos en que doña Balbina las dejaba solas, Mercedes y sus amigas hablaban de Roberto.

—¿Le has visto?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hoy por la tarde, yendo al Conservatorio.

—¿Qué dice?

—Que te quiere mucho; las dificultades acicatean su cariño y anda loco por tus pedazos.