—¿Cómo está?
—Muy bien; tan simpático y pisaverde como siempre.
Y Carmen añadía, sacando del bolsillo una carta:
—Toma: esto me dió para ti...
Mercedes guardaba el papelito prestamente y entregaba otro a su amiga, y de este modo, gracias a la filantrópica tercería de la futura actriz, los dos amantes continuaban comunicándose asiduamente.
Aquellas cartas ejercían sobre Mercedes influjo extraordinario: si eran tristes, su abatimiento aumentaba y la acometían deseos perentorios de morir; si alegres, su corazón se entreabría a la esperanza de que sus males obtendrían rápido y felicísimo remedio; pero sufría mucho si las cartas eran ardientes y en ellas Roberto evocaba los dulces recuerdos de su noviazgo: los apretones de manos, los juramentos, las íntimas emociones que él sentía cuando ella le miraba abrasándole en el incendio de sus ojos, los besos enterrados furtivamente bajo los ricillos locos de su nuca perfumada... y reforzaba cada una de estas evocaciones con un «¿te acuerdas?»... hechicero, desesperante.
En aquellas últimas semanas había aumentado la exaltación del actor. «Necesito verte a todo trance—decía—; no puedo vivir sin ti...»
Mercedes contestaba procurando calmarle, aconsejándole que tuviese juicio y esperanza en que pronto habían de llegar para ellos tiempos mejores. Estas razones, no obstante, eran insuficientes: Roberto se impacientaba, no quería esperar más.
«Si no sales a verme—decía—, iré a tu casa; las iras de tu padre no me importan. Ten presente mi deseo y obra en consecuencia; ya sabes que no me arredran los obstáculos y que por llegar a ti soy capaz de cometer el disparate más peligroso.»
Mercedes, no sabiendo cómo eludir aquel tan grave compromiso, consultó a Carmen Vallejo.