—Yo no puedo salir—dijo—, y, por otra parte, no quiero que venga; el carácter de mi padre es muy violento, y de la conversación que Roberto tuviese con él no había de resultar nada bueno. Por tanto, lo mejor es inventar un pretexto que obligue a mi madre a salir, y la tenga fuera de casa dos o tres horas.... Durante ese tiempo Roberto y yo podíamos vernos...

—¿Dónde?

—¡Oh, en cualquier sitio!...

—Lo difícil—murmuró Carmen pensativa—es sacar a doña Balbina de aquí.

Las dos jóvenes permanecieron silenciosas, meditando. Mercedes exclamó:

—Me ocurre un idea, una invención novelesca que seguramente reportará excelentes resultados.

Y agregó, tras un momento de vacilación, durante el cual procuró definir y coordinar bien sus pensamientos:

—Esta misma noche puedes escribir un anónimo dirigido a doña Balbina Nobos, diciéndola que cierta persona que la conoce muy bien y vela por su tranquilidad y mi porvenir, la espera mañana, a las cuatro de la tarde, en un lugar muy distante... la iglesia de Antón Martín, por ejemplo... para confiarla revelaciones de gran interés. De este modo, si mi madre cae en el garlito, mientras va y espera a la autora del anónimo y vuelve, pasarán más de dos horas...

—Lo malo sería que se lo dijese a tu padre.

—No, no hay cuidado; el caso es demasiado grave para que haga nada sin antes hablar conmigo: la conozco muy bien.