—¿Y si no traga el anzuelo?—interrumpió Carmen—; las viejas son muy ladinas.

—Todo es posible, pero no lo creo. Eso depende también del interés que tú sepas prestarle al anónimo. Escribe cuanto quieras y desliza entre líneas algo muy sugestivo, muy alarmante: di que Roberto viene a cantarme de noche mil acarameladas lindezas por la mirilla de la puerta; o que una tarde nos vieron en cierto lugar sospechoso y que hay una vieja que nos protege... Cuenta, en fin, lo que gustes, con tal que sea muy verosímil. Ese pretexto es el mejor que podemos inventar, pues a mi madre, tratándose de mí, los dedos la parecen huéspedes y anda siempre con la barba sobre el hombro, creyendo que cualquier día, como en las narraciones árabes acontece, voy a desaparecer por el cañón de la chimenea en brazos de un caballero volador.

Carmen Vallejo pasó por todo.

—Bien—dijo—, lo haré según deseas, aunque no con la premura que supones. Antes he de ver a mi primo y explicarle nuestro plan, para que él, a su vez, me determine el día, hora y sitio en que habéis de reuniros.

Aquella noche Mercedes se acostó feliz, columpiada por la ilusión de que muy pronto Roberto y ella, a despecho de los obstáculos que les separaban, podrían abrazarse. Al día siguiente supo por Carmen que todo estaba arreglado.

—Acabo de verle—murmuró la joven—; estaba aguardándome con Luis a la salida del Conservatorio. Dice que pasado mañana te espera, a las cuatro de la tarde, en el Café de la Universidad.

La noticia era tan grande, tan superior a toda excelsitud que Mercedes no comprendió bien.

—A ver, a ver—dijo—, repíteme eso, que es muy bonito...

Doña Balbina andaba trasteando por las habitaciones interiores y Carmen pudo satisfacer las dudas de su amiga.

—El Café de la Universidad—dijo—está en la calle San Bernardo y tiene una puertecilla a la travesía de Pozas, que es por donde debes entrar. Mi primo espera en un saloncillo situado a la derecha de los billares: es un rinconcito muy obscuro, muy cuco, a donde Luis me ha llevado algunas veces. Y, a propósito de mi novio: me ha dado recuerdos para ti, para «la prisionera», como él dice.