Mercedes sonreía conmovida y satisfecha de que las personas que andaban por el mundo no la hubiesen olvidado.

—¿Según eso—dijo—, tú escribirás hoy el anónimo?

—Hoy, sí, en cuanto llegue a casa; y esta misma noche lo echaré al correo.

Mercedes tenía los ojos arrasados en lágrimas. Carmen Vallejo exclamó:

—¿Ves, tontísima, cómo con ingenio y perseverancia no hay dificultad que no se orille?... Todo lo que nos sucede es muy interesante, muy divertido; algo que podrá referirse dentro de algunos años: ten paciencia; considera que los que llegaron a viejos sin hacer nada notable, no merecían el honor de haber nacido.

Al día siguiente, poco antes de almorzar, el correo trajo una carta para doña Balbina Nobos. Aquello era extraordinario; la anciana no recibía jamás correspondencia de ningún sitio.

—Señora—dijo Felipa—, aquí hay esto para usted...

Y la presentaba un sobre. La carta era del interior. Mercedes, para no menoscabar con su presencia la buena impresión de su mentira, se había retirado... Durante el almuerzo la joven miró disimuladamente a su madre, que estaba muy ensimismada y con los ojos enrojecidos, como si hubiese llorado. Era indudable que el anónimo había surtido efecto. A la hora de costumbre, Gómez-Urquijo se marchó; doña Balbina estuvo largo rato en el comedor, sentada delante de su taza de café; luego entró en su dormitorio. Mercedes, que estaba en el salón distrayendo su impaciencia con los valses de Waldteufel, la oía ir y venir por sus habitaciones, hablando entre dientes y abriendo y cerrando el armario donde guardaba sus ropas. Momentos después apareció vestida modestamente, llevando un sencillo velo sobre la cara.

—Hasta luego—dijo.

Mercedes se volvió hacia su madre, admirándose con naturalidad pasmosa.