—¿Dónde va usted?

—A ver una amiga.

—¿Quién?...

—Esta, doña... tú no la conoces... he sabido que está enferma...

Tartamudeaba; su carácter ingenuo era refractario al fingimiento. La joven, entre tanto, procuraba pensar en algo muy triste para no reír.

—Felipa viene conmigo—añadió doña Balbina—; tú no salgas, porque volveré en seguida; antes de media hora...

Iban a dar las cuatro: Mercedes comprendió que su madre exageraba la prontitud de su regreso y que si Carmen la había citado, según tenían convenido, en la iglesia de Antón Martín, doña Balbina no podría volver antes de las seis.

No obstante, para contestar a la recomendación de su madre, afectó un aire muy compungido, muy indiferente:

—¿Dónde quiere usted que vaya?—murmuró.

En cuanto Balbina Nobos y Felipa salieron, la joven corrió a su cuarto y empezó a vestirse con la celeridad de la actriz que acaba de recibir el segundo aviso del traspunte. Las enaguas, la falda, el gabán, todo de cualquier modo; las botitas sin abrochar, el corsé desajustado, el corpiño abierto, dejando entrever los encajes de la camisa; el sombrerito lo llevaba en la mano y se lo puso rápidamente al pasar por delante de un espejo; y sin perder instante salió, cerrando la puerta de golpe, guardóse la llave en el bolsillo y echó escaleras abajo, recogiéndose las faldas con una mano, requiriendo con la otra los corchetes mal prendidos.