Al llegar a la calle miró a todos lados, cerciorándose de que nadie la espiaba, y satisfecha de su examen dirigióse resueltamente hacia la calle de Andrés Borrego, por donde fue hasta la del Desengaño. Iba de prisa, la vista fija en el suelo, procurando pasar desapercibida.

Con estos sobresaltos cruzó por delante de San Martín, siguió la calle Luna y continuó por la de San Roque hacia la del Pez. Era un día frío, triste, lloviznoso; uno de esos días en que los madrileños andan muy despacio, deteniéndose en frente de todos los escaparates, reparando en todas las mujeres y con los paraguas abiertos, queriendo inútilmente preservarse de una llovizna que, por lo sutil, parece niebla, una niebla densa que moja como un aguacero, y en que los aleros de los tejados recortan sobre las calles húmedas grandes franjas de un cielo plomizo, uniforme, como una bóveda de ceniza. Mercedes avanzaba velozmente, sin advertir que tenía los pies húmedos y las faldas salpicadas de barro. Al llegar a la calle del Pez hubo de refugiarse en un portal, esperando a que pasase un individuo amigo de don Pedro; luego reanudó su camino ocultándose el rostro con un pañuelo, temiendo siempre algún encuentro desagradable, y siguió por la calle Pozas pensando que allí habían asesinado a una cantadora, cuyo crimen oyó pregonar la última tarde que habló con Roberto...

Al entrar en el Café de la Universidad, Mercedes tuvo un momento de indecisión, recelando el misterio de aquel lugar que no conocía: lentamente, sus ojos deslumbrados iban habituándose a la obscuridad: estaba en una especie de recibimiento limitado por tabiques de madera que medían, aproximadamente, dos metros de altitud; al frente vió una puertecilla, a la derecha otra, en cuyas hojas había dos óvalos de cristal esmerilado; a la izquierda y bajando algunos peldaños, estaba el café; vasto salón rectangular, con su piano en el centro y sus largas hileras de veladores, insinuándose tímidamente bajo el melancólico resplandor que penetraba por algunas ventanas enrejadas.

Mercedes continuaba inmóvil, recordando las señas que Carmen la había dado. Un camarero se acercó preguntando:

—¿Busca usted a algún caballero?

La joven sintió que una oleada de sangre refluía a sus ojos.

—Sí—balbuceó—, dijo que esperaba aquí... ignoro si ha venido o si se habrá marchado.

Entonces el camarero abrió la puertecilla de la derecha, exclamando con aire indiferente:

—Pase usted.

Mercedes atravesó un saloncillo rectangular, a la hila de cuyas paredes había largos banquillos forrados de rojo, y veladores que abocetaban en la penumbra sus formas blancas: andando casi a tientas, se aproximó a uno de ellos y tomó asiento.