—¿Qué desea usted?...—dijo el mozo.
Ella palideció, recordando que no llevaba dinero.
—Nada... esperaré a que venga ese señor...
El camarero dió media vuelta y se marchó sin responder; era un hombrecillo regordete, moreno, de rostro impasible, con ojuelos inteligentes y cariñosos que inspiraban confianza. Entonces Mercedes, algo más tranquila, pudo reparar el aspecto del saloncito en que se hallaba: era una habitación que, ni hecha adrede, podía ofrecer mejores condiciones de aislamiento, seguridad y misterio: el piso era de tablas; un piso desigual, sucio, por donde pasaron seguramente muchas generaciones de enamorados clandestinos; en el centro del local había una especie de columna que soportaba un techo renegrido por el humo y el polvo, y a la izquierda una ventanita arrojaba dentro del salón un chorro de luz triste y fría.
La joven permanecía inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de su gabán, extrañando que la hubiesen dejado tan sola; y su cuerpo nervioso empezó a sentir la penetrante humedad de aquel local desamparado. El resto del café estaba desierto, silencioso, con una quietud somnífera de establecimiento provinciano. Pasó tiempo y Mercedes se impacientaba, temiendo que Roberto no viniese. En el reloj de la Universidad, un viejo reloj que tiene una campana muy triste, dieron las cuatro y media... La joven continuaba absorta en sus cavilaciones e hilvanando con los asuntos más trascendentales las ocurrencias más pueriles; pensaba que su madre ya estaría aburriéndose sobre algún banco de la iglesia de Antón Martín, y que en aquel sitio donde ella estaba, tan malsano, y tan triste, habría muchas arañas: arañas de patas flexibles, grandes, negras, de ésas que crecen entre la humedad de los lugares obscuros...
De pronto Mercedes volvió la cabeza, mirando a la ventana, por donde acababa de pasar la silueta de un hombre; luego oyó que abrían violentamente la puertecilla del café y casi al mismo tiempo apareció Roberto.
Mercedes se levantó, el actor corrió hacia ella y ambos se abrazaron estrechamente, sin poder hablar, con un apasionamiento real en que la carne no intervenía. Roberto la besaba en la nuca, embriagándose con el suave aroma de aquellos ricillos perfumados, murmurando:
—¡Por fin, por fin!...
Ella se abandonaba entre sus brazos, trémula, perdida, sintiendo que por sus mejillas resbalaban lágrimas ardientes como brasas. Después fueron a sentarse en el rincón más obscuro del saloncillo y de modo que la columna les ocultase la puerta. El camarero que acababa de servirles café preguntó distraídamente, como por mera fórmula:
—¿Quieren ustedes que encienda el gas?...