—No—repuso Alcalá—; ya te avisaré...

El mozo se marchó, sonriendo con una risilla aburrida y triste, recordando que todos los enamorados contestaban lo mismo.

—¡Por fin—repitió Roberto—, por fin estamos juntos!...

Ella le miró atentamente a través de sus lágrimas, queriendo orear y robustecer con su imagen sus recuerdos.

—Has sufrido mucho—dijo—; ¡ingrato, ingrato!... ¿Cómo has podido vivir tantas semanas sin verme?... La última vez que hablamos nos separamos riñendo; ¿te acuerdas?...

—Sí.

—¡Cuánto he llorado!... Carmen, la pobrecita, me consolaba: es muy generosa, muy noble... una amiga excelente a quien debemos querer mucho...

Mientras hablaba, oprimía inconscientemente entre sus manos las manos vigorosas del actor. Roberto, suavemente, atrajo sobre su hombro la cabeza de la muy Deseada y empezó a besar su frente y aquellos labios que le decían tantas ternezas y aquellos párpados que tanto habían llorado por él...

—Juntos los dos—repetía—, otra vez...

En su anhelo de decirlo todo, Mercedes charló muchas tonterías; refirió prolijamente cómo su madre había salido, fiada en la autenticidad del anónimo, y cómo ella se vistió en un santiamén.