—Al entrar aquí—agregó riendo—recordé que no traía dinero... ¡Hijo, qué apuros!...

Después, con súbito arrebato, exclamó:

—¡Ya sabes que a las seis menos cuarto, o antes, he de estar en casa!... Avísame tú cuando deba marcharme, porque yo estoy loca...

Roberto no respondió. Continuaba acariciando las suaves manecitas de la Deseada, besando sus párpados, aspirando su aliento, adormeciéndose con el vaho amoroso de sus vestidos, esclavizado por el misterioso hechizo de aquella carne joven no poseída aún. En los vasos, él café humeaba enfriándose.

—¿Me quieres?

—Con toda mi alma...

—¡Ah, Roberto... Roberto mío... no me dejes nunca!...

En el reloj de la Universidad dieron las cinco; cinco campanadas tristes, quejumbrosas, que repercutieron tímidamente en los ángulos del saloncillo obscuro, advirtiéndoles a los amantes que el momento siniestro de la separación llegaría muy pronto. Entonces el actor pareció sacudir su dulce modorra.

—Aprovechemos los momentos—dijo—hablando seriamente.

Rápidamente, con el acierto, claridad y concisión del que ha estudiado bien lo que va a decir, expuso la historia de sus amores y la desesperada situación en que ambos estaban colocados. Ella enumeró los disgustos que erizaban de espinas sus días, las sospechas y temores que desde hacía tiempo atrás venían alarmando la curiosidad de sus padres y la grave discusión que tuvo con don Pedro.