—¡Nos separarán!—añadió—; nos separarán... ¡y no ha de tardar mucho!

—Lo sé... lo sé...

—Y eres tú—agregó—la responsable de cuanto sucede.

—¿Yo?...

—Tú misma. Recuerda nuestra última conversación, mis súplicas... tus negativas... ¡Oh, te juro que aquella tarde sufrí mucho y que me separé de ti resuelto a no volver!...

Ella se estrechó contra él tiritando de emoción y de frío, feliz de hallarse a su lado. Roberto continuó:

—Estas entrevistas, que por lo mismo que sólo se consiguen venciendo gravísimos obstáculos no pueden tener fácil repetición, son horribles, porque exasperan nuestros legítimos deseos de comunicarnos a todas horas... Piensa que el tiempo corre velozmente, que muy pronto llegará el instante cruel de la separación... ¿Qué será, entonces, de nosotros? ¿A qué nuevos ardides apelaremos para vernos?

—Sí... ¡tienes razón!...

Sus ojos se llenaron de llanto. Roberto prosiguió acariciándola mientras hablaba.

—Si hablases con mi padre... diciéndole la verdad... toda la verdad—exclamó ella.