—¡Oh!... tu padre es muy orgulloso; además estará justamente irritado conmigo por la solapada conducta que seguí en este asunto, y su contestación sería negativa.
—¡Es cierto!...
A ella también le repugnaba aquel procedimiento que tenía algo de confesión y de súplica; por otra parte, su genio revolucionario experimentaba ante toda legalidad ese malestar que sufren los espíritus desequilibrados en los caminos anchos y perfectamente rectos.
—Quiéreme mucho, deposita en mí tu confianza, abandónate a mis consejos...—murmuró el actor.
Se lo decía muy quedamente, al oído, como para no asustarla, y rozando su piel sonrosada con sus labios ardientes. Mercedes temblaba, midiendo el perverso alcance de aquellas marrullerías insidiosas.
—Como ya te dije la tarde memorable de nuestra riña—añadió Alcalá—, necesito recibir de tu amor una prueba muy grande.
—Muy grande... ¡Oh! si no fuese más que muy grande, te la daría... Pero exiges de mí un imposible.
—¡Imposible!... Una palabra odiosa que los verdaderos amantes han borrado con sus locuras del santo diccionario de las pasiones...
Mercedes le miraba absorta con los ojos muy abiertos, atraída por ese abismo en cuyo fondo los gnomos de la tentación cantan con voces irresistibles de sirena. De pronto se rehizo.
—¡Nunca, eso... no sucederá jamás!... Todo me lo prohibe: mi deber, mi decoro, mi apellido... ¡ah, no puedo mancillar tan infamemente el apellido de mi padre!...